Vemos  a nuestro hijo o hija  jugando en manga corta y sentimos frío sólo de verle.

¡Ponte la chaqueta! ¡Pero si estoy jugando y yo tengo calor!

Situaciones así se nos dan a diario en otras circunstancias y con consecuencias peores que las de unos niños que pasan calor.

He tenido estos días en consulta varios casos de chavales (menores de 20 años) con resistencia a la insulina nada fáciles de tratar y es por ello que hoy me gustaría  reflexionar sobre este tema, sin ánimo de buscar culpables, aunque sí de asumir responsabilidades.

 

 

A los 6 meses llega el momento de dar al bebé algo más que leche. Es cuando comenzamos con la diversificación alimentaria.

Conocemos los perjuicios de la sal. En eso hacemos caso al pediatra y no añadimos sal a sus comidas, pero muchas veces no hacemos  tanto caso a las recomendaciones de no darles azúcar ya que “por un poquito no pasa nada”. Al yogur, le echamos un poquito, con la fruta una galletita, le compramos unos gusanitos de vez en cuando y… le damos aquello que a nosotros nos parece rico.

Kuttuna

Evidentemente si le añadimos azúcar al yogur, el bebé preferirá el sabor dulce y rechazará los siguientes yogures si no la llevan. Si le añades galleta a la fruta, la fruta sola no le sabrá a nada y si le damos gusanitos, nos los pedirá constantemente. No sufre por lo que no conoce, pero una vez se lo hemos dado la cosa cambia.

Pensemos: el bebe no conoce ese sabor, ¿es a nosotros a quienes nos gustan azucarados los yogures? ¿es a nosotros a quienes nos gustan las galletas? ¿ y… seguro que no hemos dicho nunca eso de: “ojala me gustaran menos las galletas o me gustara el yogur natural sin azúcar pero es que no puedo?”.

Les damos las galletitas porque: están taaan ricas… esas mismas galletas que nos resulta una tortura no comérnoslas cuando las vemos por la cocina, pero… “pobre hijo, ¿cómo no le voy a dar una galletita con lo ricas que están?”. A veces se nos olvida que lo que para nosotros no es bueno, lo creas o no para un niño ES PEOR. No es “pobrecito” por no comer galletas porque no las conoce y es feliz sin ellas (algunos adultos desearían muchas veces no conocerlas para no sufrir por no comerlas ¿veis la paradoja?).

Con suerte de bebe no probará las galletas… pero lo hará de mayor. Están ahí, inundando estanterías de supermercados con colores llamativos y dibujitos de muñecos mientras ellos son bombardeados con anuncios a diario, así que no hay razón para adelantar acontecimientos. Al igual que probablemente pruebe de mayor el alcohol, probará las chuches, las galletas, los snacks…

ELI GALLEGO-DIETISTA-HONDARRIBIA

Academia inglés irun kidsbrain

 

Como ya os comenté en este post, es en la infancia cuando establecemos nuestros primeros vínculos emocionales con la comida. Y es en la edad adulta cuando se acude al nutricionista o dietista con la necesidad de cambiar hábitos para mejorar la salud o por motivos estéticos (si es que no se hacen alguna tontería buscando info en internet, ¿cuantos lectores os habéis puesto a dieta alguna vez?, sin ayuda de un profesional, sin cambiar poco a poco los hábitos haremos dietas cada dos por tres).

No es fácil cambiar de hábitos, y cuanto antes los adquirimos, más complicado será cambiarlos.

 

“¡Que bien que no has llorado en el pediatra! “como recompensa galletas en vez de fruta, ¡te has portado genial!:  kas naranja en vez de agua, hoy que estamos celebrando: pizza en vez de pescado, si te portas bien te compro unos gusanitos.

Más adelante, más asociaciones: vamos al cine y compramos chuches y palomitas (hasta el punto que tengo pacientes que no van al cine porque no conciben ver la peli sin comerse un kilo de gominolas), sacan buenas notas los peques, pues chocolate con churros. Cumpleaños, entonces fiesta de azúcar y  no solo pastel, también kas, refrescos de cola, cremas de cacao, chocolates…

En todas estas situaciones hay un elemento común: son situaciones positivas de reconocimiento por haber hecho algo bien (exámenes, portarte bien, no llorar), nos empoderan, nos hacen sentir protagonistas de algo bonito y queridos… y siempre la recompensa es azucarada.

Normal que muchas personas adultas después de un mal día o de una jornada estresante, cuando necesitan buscar esa sensación, la de sentirse bien, sentirse querida, sentirse recompensada, tengan necesidad de comer dulce. Asociamos esa sensación con ese sabor. “Eli es que ese es… mi momento“.

Ayudemos a nuestros txikis a crear otro tipo de “momentos”. Momentos con tanto protagonismo, amor y respeto como los que hemos nombrado pero que no les haga sentir culpables ni les produzcan frustración. Momentos sanos, recuerdos bonitos.

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Kilika